lunes, 29 de diciembre de 2014

Cualquier artículo de cualquier periódico vs. cualquier tertulia

La televisión también opina, pero no siempre lo hace de la mejor forma. Es casi absurdo intentar establecer una comparación entre cualquier artículo publicado una mañana en cualquier periódico con una intervención de apenas treinta segundos realizada en cualquier tertulia, pero es cierto que esto último podría hacerse mejor.
Siguen siendo habituales los programas televisivos cuyo objetivo es mostrar diferentes puntos de vista en temas de interés general, recurriendo a diversas personas que los defiendan, y yo misma soy habitual espectadora de La Sexta Noche. No sé si la profusión de gritos, interrupciones e incluso faltas de respeto que se dan en estos programas tienen o no que ver con la búsqueda de una mayor audiencia, probablemente sí, pero lo cierto es que en ocasiones dejan mucho que desear.
Por eso mismo, estos programas, que no carecen de la falta de calidad de la que a veces se les acusa, nunca tendrán el reconocimiento que tiene cualquier artículo publicado una mañana en cualquier periódico. Porque les pierden las formas, aunque el contenido sea bueno.

La televisión también opina, pero no puedo evitar pensar que opina regular. Aparentemente, es el medio ideal para hacer llegar una opinión -o cualquiera otra cosa- a una cantidad importante de personas, pero no lo están utilizando como se debe para lograr este fin.
En este sentido, los periódicos, o Internet, están muy por encima de lo audiovisual. En los primeros no solo hay calidad: también hay un orden y una estructura, dos características que a veces parecen caer en el olvido pero que son tan fundamentales como el contenido mismo.

El ambiente televisivo no es idílico, desde luego. Dejando a un lado el poco tiempo de intervención que ya mencionaba antes, 'enfrentarse' a personas que comparten una opinión diferente a la tuya, en ocasiones totalmente opuesta, no es sencillo. No es ni mucho menos la misma presión que uno siente cuando se sienta delante de un folio en blanco -de una pantalla de ordenador, más bien- y tiene un par de horas por delante para organizar ideas y exponerlas con la seguridad, además, de que nadie va a rebatir lo escrito en ese momento (en realidad, casi en ningún otro).
Pero deberían existir otras fórmulas de hacer periodismo de opinión en el medio televisivo, ese es mi sencillo posicionamiento de hoy. Deberían existir otras fórmulas que estén lejos de esos gritos, de esas interrupciones molestas y, por supuesto, de las faltas de respeto de las que deberían avergonzarse.
No tengo la solución en mi mano pero supongo que pasaría, sobre todo, por no recurrir a los tres factores arriba mencionados, que son capaces de convertir una tertulia política respetable en un programa de entretenimiento con poco trasfondo que busca acumular cifras estelares de audiencia. Quizá olvidándose de esa condenada palabra -audiencia-, el contenido y las formas vuelvan a equiparse hasta que podamos alejarnos de momentos como este, entre otros, en los que resulta difícil escuchar a quien habla porque un moscón parece perseguirlo de fondo:

https://www.youtube.com/watch?v=fR0hpUmf5IM

viernes, 26 de diciembre de 2014

Nochebuena de opinión

– ¡Ven aquí! ¡Dame un abrazo!
– ¿Qué tal, Paco? Tres semanas sin vernos es mucho tiempo.
– Estoy más viejo que mi prima favorita, pero sin duda mucho más guapo.
– Y con tu gracia habitual, ya veo.
– ¿Cómo va esa carrera? ¿Arreglas el Periodismo o lo empeoras?
– De momento, sólo intento descubrirlo. A lo mejor, esta noche necesito tu ayuda para ello.
– Siempre es un halago que reclames mi ayuda. ¿De qué se trata?
– Una simple opinión. Tu opinión sobre el Periodismo de opinión. Llevo unos cuantos días intentando hacerme con ello y me he dado cuenta de que me gustaría mucho conocer qué piensan las personas que están más alejadas de este mundo de lo que lo estoy yo.
– No dejas de sorprenderme ni en la cena de Nochebuena. Está bien, ¿qué quieres saber? ¿Mi opinión sobre el Periodismo de opinión?
– Exacto.
– Mmm... es complicado. Procuro mantenerme al día de todo lo que se escribe, se dice y se muestra.
– Por eso te he elegido a ti.
– Pero dar con un juicio general es complicado. ¿Por dónde empiezo? Los debates televisivos, por ejemplo, no me gustan nada, pero los veo. Son una locura, pero supongo que de todo se aprende. Aun así, no hay nada como la prensa.
– Tienes razón. Para mí, nada como la prensa en materia de opinión. Aunque reconozco mi afición a los debates televisivos.
– Quítatela de encima, esos programas sólo contaminan. La radio sí me gusta, pero a veces se me hace un poco pesada. Hay que seguir el hilo de lo que se dice con demasiada atención y no siempre puedo. Prefiero no juzgarla.
– Juzga a la prensa.
– Me llama la atención la cantidad de escritores que están presentes hoy en día en la prensa. No sé si me parece bien o mal, pero me llama la atención. Algún día te veremos a ti en ese mismo lugar. Como escritora o como periodista. O como ambas cosas.
– Primero tengo que entender este difícil mundo. Venga, ayúdame.
– Creo que muchas de las personas que se lanzan a escribir cualquier artículo lo hacen con la seguridad de que su voz vale más que el resto. Eso no me gusta. Para ser periodista, debes ser una persona humilde. ¿Os dicen eso?
– Procuro no olvidarlo. Hay que ponerse en el lugar de los demás.
– Siempre que se pueda.
– Me gustaría acotarlo en un siempre. ¿Así que tu percepción es esa, periodistas que se creen dioses?
– No todos, pero sí muchos de ellos. Esa es la sensación con la que me quedo a veces. Algo que sí me gusta, es que al menos parece que saben de lo que hablan. A lo mejor se han pasado las últimas diez horas empapándose del tema del que tienen que hablar, para no meter la pata, pero la mayoría de las veces no lo hacen mal. En eso, estoy satisfecho.
– ¿Estás insatisfecho en algún punto?
– En muchos. Imagino que es difícil encontrar, primero, el tema que realmente te interesa. Supongo que no todos tienen la misma repercusión. ¿En qué te basas tú para poner atención en un tema o en otro?
– Actualidad. Importancia. Una mezcla de ambas. Y algunas cosas más.
– Lo que es importante para unos puede no serlo para otros.
– Con eso contamos. Por eso es difícil.
– Por eso es difícil también que muchas veces encuentre lo que quiero encontrar. No le doy demasiada importancia, porque entiendo su dificultad.
– Cuéntame entonces más insatisfacciones.
– Muchas veces abro los periódicos esperando encontrarme grandes artículos de opinión, con los que incluso pueda discutir.
– En eso nos parecemos.
– ¿Y encuentras alguno?
– Pocos.
– Eso es porque muchas veces no hay opinión.
– Sólo tintes de ella, lo sé.
– Es aburrido. Pero sobre todo, me enfada. Me dan ganas de ir a la redacción del periódico y gritarle: ¡eh, señorito, mójate de una vez, que me aburres! Están ahí para dar su opinión y no siempre lo hacen.
– Tienes razón.
– Creo que eso es lo que más me enfada, además de esa sensación de que se sienten superiores al resto. Mi opinión vale tanto como la suya, aunque no tenga un título en Periodismo.
– ¿Sigues a algún periodista en concreto?
– ¿Y tú? Eso me interesa de ti.
– Me gusta Pérez-Reverte, por ejemplo.
– Es un personaje. No te diría que es mala elección. No, yo no sigo a nadie. Es mejor así. No quiero hacerme socio del pensamiento de ninguno. Sólo quiero leer, estar al día, contrarrestar opiniones. Discutir siempre que pueda. ¿Es mucho pedir?
– Creo que es justo lo que deberían darnos.
– Conocer otras opiniones es bueno porque es bueno poder equivocarse, incluso poder cambiar de opinión. Encontrar la tuya, aunque sea con ayuda de los demás. Y sobre todo entender otras posturas.
– Ni yo misma lo hubiera dicho mejor. Ni que fuéramos familia.
– No sé si el Periodismo necesita renovarse, como dicen algunos, pero sí podrían cambiar ciertas cosas. No estaría mal. Tener en cuenta al lector, eso siempre. O al espectador o al oyente. Que hablen de lo que nos pueda interesar, conozcamos o no el tema. También es bueno descubrir cosas nuevas. ¿Vas a hacer algo con todo esto que te he dicho?
– Sí, creo que puede servirme. Como tú has dicho, hay que tener en cuenta al lector, espectador u oyente, así que voy a tenerte en cuenta.
– Hagas lo que hagas, que sea original, ¿eh? No me vale un “mi primo Paco dijo esto y yo digo esto otro”.
– Todo apuntado. Gracias por una interesante charla.
– De gracias nada. A poner la mesa.

(Conversación real con un informático de 42 años).

martes, 23 de diciembre de 2014

Un blog como este

 Llevo muchos años inmersa en el mundo del 'blogger', aunque de una forma totalmente diferente a como lo estoy ahora con este proyecto. Supongo que por eso mismo, nunca hasta este momento me había parado a pensar en la importancia creciente que están teniendo estas plataformas para el periodismo.

Un blog como este, pero mil veces mejor, es lo que se ha convertido en algo habitual entre los periodistas de actualidad. Se puede englobar la moda de los blogs dentro de lo que muchos han querido llamar la 'nueva forma de hacer periodismo', en las que se incluyen las últimas y grandes tecnologías que han facilitado -en algunos casos, complicado- la comunicación.
Los blogs son habituales. No me refiero tanto a los que encuentras en una primera búsqueda, cuando tecleas en Google 'blogs de opinión' y te aparecen todos aquellos que van unidos a un medio de comunicación importante, integrados por periodistas importantes que, en realidad, no dejan de estar ligados a ese medio.
Más bien, hablo de los blogs personales que también más de un periodista -importante- posee. Esto también está incluido en la nueva forma de hacer periodismo y creo que es un factor fundamental para hacer que las opiniones y las informaciones lleguen a los receptores sin que sean adulteradas. Precisamente porque hace honor al nombre: es un blog personal. No tiene que atenerse a ningún medio de comunicación porque no va adherido a éstos, ni forma parte de ellos ni tienen nada que ver incluso aunque el periodista dueño de ese blog sea también colaborador en algún periódico o programa televisivo.
Entiendo un blog personal como algo más personal, valga la redundancia. Como una manera de estar cerca del lector que sabes que va a leerte, de mostrarse como uno realmente quiere mostrarse y de olvidarse de la autocensura que, por otra parte, no debería existir nunca -¡para eso somos libres!

¿Los beneficios que se obtienen de estas plataformas? Seguramente sean menores que los obtenidos de cualquier otra. ¿La satisfacción? Probablemente mayor, por todo lo que estoy comentando. La libertad se muestra en estos sitios en su máxima expresión.

Que vivan los blogs como este. Y sobre todo, los que son mil veces mejor.

domingo, 21 de diciembre de 2014

De lo que se habla


Cuando los medios de comunicación bombardean constantemente con un tema concreto, un día tras otros, cada segundo de cada minuto, acabas echándolo de menos cuando dejan de hacerlo. Y, sobre todo, te preguntas por qué han dejado de hacerlo. ¿Ya no es importante? ¿Ya no es merecedor de columnas de opinión o de análisis? ¿O es que ya no existe el ébola?

martes, 16 de diciembre de 2014

Tampoco es tan malo

Quizá deberíamos dejar a un lado la preocupación y las críticas que cada día se arrojan contra los periodistas deportivos. Ya sabemos que ha sufrido una evolución importante en los últimos años en nuestro país y ya sabemos que vamos a encontrar opinión en casi todas las informaciones que tengan que ver con éste (al menos, al margen de los telediarios). ¿Qué hay de malo en esto?
Voy a romper una lanza en favor de todos los periodistas que tienen que soportar cada día las acusaciones de no ser objetivos. Se ha repetido hasta la saciedad, y creo que todos deberíamos concienciarnos de ello, de lo difícil que es mantenerse al margen de una pasión a la hora de hablar de ella. Es difícil explicar la derrota del Real Zaragoza cuando llevas toda la vida sintiendo esos colores y es difícil aceptar una expulsión en el minuto dos del partido cuando tu equipo ha resultado perjudicado, incluso aunque no le falte razón. Es difícil porque cuando observas ese partido de fútbol -baloncesto, tenis, cualquier deporte- no sólo lo estás viendo: también lo estás sintiendo. Esta es la teoría y también es la verdad.
Pero es que, además, ¿qué hay de malo en que está pasión esté presente? ¿Qué hay de malo en que la opinión esté presente en el periodismo deportivo? Claro que hay ciertas cuestiones que merecen un tratamiento objetivo pero hay otras tantas en las que no debería ser tan importante y en las que lo buscamos como si nos fuera la vida en ello. Una crónica de un partido de baloncesto tiene que ajustarse a la realidad y si se cuela un ápice de opinión está perdido. ¿Quizá deberíamos empezar a llamarlo 'crítica' en lugar de crónica, entonces? ¿Estaríamos más contentos de esa manera? ¿El problema está en los nombres y las características que les otorgamos a cada género y que en la práctica no se ajustan?

Quiero decir: no es tan malo. Y no debería servir como excusa para enterrar la carrera de un periodista que ha celebrado de más un gol de su equipo. Concedería una gravedad infinitamente mayor a los que se dedican a ocultar información -política, económica- a la sociedad y de eso no se habla tanto. Incluso aunque sepamos que existe.
Volviendo al deporte. Nos hemos acostumbrado a hacerlo de la manera que vemos cada día y estoy segura de que no va a cambiar. El periodismo deportivo se ha acostumbrado a dar su opinión y el público, aunque enfadado, también se ha acostumbrado a recibirla. Lo llevamos haciendo tantos años que, en realidad, ya no entiendo el motivo del enfado de los lectores que abren cada día el periódico y se encuentran con una crónica que 'peca de subjetiva'.


El periodismo deportivo es -casi generalmente- un periodismo de opinión. Con sus consecuencias positivas y sus consecuencias negativas, se ha convertido en un espacio en el que todo el mundo parece autorizado a decir lo que piensa, independientemente del género que esté tratando -aunque la noticia, la información en su estado puro, suele respetarse. Deberíamos dejar de enfadarnos por ello. Si lo pensáis bien, tampoco es tan trascendental, en realidad.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Suscríbete para leer la noticia completa

Por diferentes motivos que, en realidad, poco importan aquí, en el día de hoy no he podido tener acceso a la versión impresa de los periódicos de tirada nacional, así que he recurrido a Internet para mantener la línea de información -opinativa- que he seguido hasta estos momentos.
Cuál ha sido mi sorpresa al encontrarme el acceso denegado a ciertos artículos publicados en La Razón y ABC. Con paciencia, he ido 'clicando' uno a uno insistentemente con la esperanza de dar con alguno del que sí se me permitiera una lectura completa. Al margen de los editoriales, mi búsqueda ha sido en vano.
Aún estoy decidiendo qué me parece esto. No dejan de ser periódicos con una empresa detrás cuyo objetivo es sacar rentabilidad y, más aún, no dejan de ser personas que escriben queriendo obtener un beneficio del trabajo realizado. 'Suscribirse para leer la noticia completa' es una manera de conseguir esta rentabilidad y estos beneficios, pero no sé si es del todo lícito privar a alguien de leer un texto del que ya ha conocido unos párrafos.
Ayer hablaba del periodismo como curiosidad, no como intriga o misterio. ¿Qué es exactamente lo que consiguen en el lector bloqueando los artículos completos y sólo permitiendo su lectura previo pago? ¿Curiosidad, intriga, misterio? En mi caso, sin haberlo decidido aún del todo, molestia.

Así que mi posición de hoy es una posición molesta, porque leer una noticia que previamente ha sido ofrecida no debería poder hacerse sólo si te suscribes.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

El oso morado come tarta de chocolate

La importancia de un titular. Mi artículo puede acabar aquí, siendo entonces algo insignificante y sin ningún mérito, pero habrá captado la atención de los lectores de una forma más rápida, más inmediata y más efectiva que cualquier otro artículo, columna, editorial o tribuna de contenido serio y merecedor de varias lecturas que tenga un titular poco 'llamativo'.

De eso quiero hablar hoy, de la importancia de titular un texto. Es el primer examen al que se somete un periodista, pues hoy en día hay que tener plena conciencia de que es eso mismo lo que va a captar la atención del lector que abra las páginas de un periódico con intención de leer 'algo'.
Por supuesto, me resisto a incluir en este grupo de 'lectores de algo' a las numerosas personas que buscan leer 'todo', pero también en ellas la forma de un titular puede tener efecto.
El motivo por el que quiero hacer una especie de reflexión sobre este tema es el siguiente. Hoy, como cada día, he hecho un repaso de la prensa nacional que tengo a mi alcance (El País, El Mundo, La Razón, ABC) y al abrir las páginas de La Razón, he sufrido una especie de bloqueo. Un total de cuatro artículos se mostraban delante de mí, pero ninguno ha conseguido 'atraparme' desde un principio. Palabras comunes, sin nada atractivo para la vista. Puedo hacerme una idea de lo que va a ser el artículo en su totalidad gracias a esas palabras iniciales, pero he comprendido que para mí eso quizá no sea suficiente.
Sin entrar a valorar la calidad de lo escrito -que nada tiene que ver con los titulares-, es cierto que quizá últimamente muchos de nosotros necesitamos un poquito más del Periodismo de opinión. No sé hasta qué punto puede ser negativo o positivo que los titulares deban llamar nuestra atención para animarnos a leer el resto pero creo que se ha convertido en algo habitual. Y creo también que es algo en lo que el periodista debe trabajar para conseguirlo, por lo que debe obligarse a sí mismo a ser ingenioso en ese sentido, a elegir cuidadosamente las palabras que se van a emplear para encabezar un texto.
No pido un sin sentido. No pido cuatro palabras colocadas sin orden ni concierto, como he hecho yo misma, para que el lector frunza el ceño y se pregunté de qué narices puede tratar un artículo que se titula 'El oso morado come tarta de chocolate'. Hablo de que el periodista lea, analice e incluso estudie lo que él mismo ha escrito hasta dar con las palabras adecuadas que no sólo definan la noticia... sino que nos dejen con ganas de más. Con ganas de leerlo todo.
El periodismo no es intriga. El periodismo no debe significar misterio, ni mucho menos. Pero sí curiosidad. Porque nosotros mismos debemos ser curiosos y también tenemos que poder despertarlo en los demás.


No sé si estoy demasiado equivocada ni sé tampoco si la búsqueda de este vistoso titular puede quitar fuerza a lo demás, pero hoy me posiciono junto a aquellos periodistas que lo hacen: que lo buscan. Me posiciono junto a ellos y, la verdad, siempre serán mi primera lectura del día.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Información vs. espectáculo

Acostumbro a dormirme con voces radiofónicas de fondo, pero anoche alcanzar el sueño se me hizo más difícil. Escuchando Tiempo de Juego, probablemente el mejor programa radiofónico y deportivo de la actualidad, me fue inevitable pensar en una cuestión. ¿Hasta qué punto son verdaderas y reales las tertulias, deportivas o con otra temática? ¿Hasta qué punto un tertuliano cree en la postura que defiende delante de todos?
Anoche, sumergidos en una nueva discusión sobre la violencia en el fútbol, uno de los participantes en el coloquio actuó de una forma que, como mínimo, me resultó sorprendente. Sin llegar a defender lo ocurrido entre los Riazor Blues y el Frente Atlético, sí disculpó en cierto modo el comportamiento de los primeros, afirmando que una mayoría de ellos “no sabían a donde les llevaban”.
En unos días muy convulsos en los que deportistas, periodistas y demás implicados en el deporte denuncian la violencia en los campos de cualquier equipo, no hay excusa que valga para los responsables de lo que ocurrió el domingo, que acabó con la muerte de una persona. ¿Realmente quien hizo esas declaraciones, ese “no sabían a donde les llevaban”, está convencido de ellas?

Por eso me pregunto hasta qué punto uno cree en lo que dice en estas tertulias. No es ningún secreto que ciertos programas de este tipo dirigen sus acciones hacia el objetivo de conquistar un mayor número de audiencia y para ello hay quien exagera su comportamiento, sus creencias o sus ideales. Porque el espectáculo vende y eso es algo que todos han aprendido (no acuso ni acusaré nunca a Tiempo de Juego de algo así, pero en esta ocasión creo que puedo tomarlo como punto de partida).
No sé si la persona que realizó los comentarios a los que aludo realmente cree en lo que dice, si lo hizo para ofrecer otro punto de vista o si sólo quería crear controversia y conseguir que la discusión continuara, pero me sorprendió y por eso creo necesario haberlo mencionado. Porque muchas veces lo único que se quiere es mantener el juego y la emoción vivas durante una conversación, pero a veces el resultado es que una simple oyente como yo acabe apagando la radio algo descontenta por lo que ha escuchado y sin creerse del todo la veracidad de la conversación que se ha dado. Porque me resisto a creer que una persona excusa a las culpables de una bestialidad como la que sucedió el domingo por la mañana en los alrededores del Vicente Calderón, por lo que la única explicación que se me ocurre es una posible 'manipulación de la información'. O, en este caso, una transformación de una opinión hasta convertirla en otra que dé más juego. Y yo no quiero eso. Quiero escuchar verdades, informaciones veraces y opiniones sinceras (porque, repito, me niego a creer que alguien puede defender lo sucedido entre estas aficiones ultras).

Mi posicionamiento de hoy es claro: la información, y la verdad, siempre debe estar por delante del espectáculo, incluso en los programas en los que se espera que éste último esté presente, como ocurre con el magnífico Tiempo de Juego, que seguiré escuchando cada tarde de domingo.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Todos contra todos

 “¡España es un pleito”. No es un comienzo, sino la frase con la que Manuel Hidalgos cerraba su artículo 'Pleitos', publicado en El Mundo el pasado 6 de diciembre, sábado, mientras todo el mundo hablaba sobre una posible reforma de la Constitución.
Quizá por eso he escogido este artículo, porque no es más de lo mismo. Y porque ha llamado mi atención.

Manuel Hidalgos expresaba con ese “España es un pleito” una cierta indignación por una situación que estamos atravesando los ciudadanos españoles. Hay otro tipo de enfado en nosotros más allá del provocado por el mantenimiento del alto número de desempleados o por los casos de corrupción que cada día se destapan. Un enfado entre nosotros mismos. Un enfado de todos con todos. Un enfado con tu casero, con tu jefa, con el conductor del autobús que coges cada día, con tu operadora o con tu ex marido. O con todos ellos a la vez.
Y es un enfado a tener en cuenta, porque no es un enfado que se solucione en la barra de un bar mientras te tomas dos cervezas y explicas a la otra parte el motivo de tu mosqueo. Lo que nos cuenta Manuel Hidalgos es que estos enfados comunes a los que nos enfrentamos día a día tienden, cada día más, a resolverse en los juzgados.
A través de un pequeño pero interesante análisis de la publicidad inmersa en los periódicos que se venden cada día en los kioskos, Manuel explica que los abogados del país deben estar contentos, porque no les falta trabajo. ¿Por qué? Porque los necesitamos. ¿Por qué? Porque estamos todos contra todos. Al menos, eso opina Manuel Hidalgos.

Yo me posiciono junto a él, porque observo lo mismo que observa él. Estamos enfadados. España está cabreada. Con o sin motivos, el país está sumido en un constante cabreo. Con los políticos (algo en gran parte justificado) y con los banqueros (más de lo mismo), pero también con nuestros vecinos y con los camareros que un día, por alguna razón, no nos resultan simpáticos.
Estamos enfadados, ¿pero es esta la solución? ¿La solución está en los fríos juzgados? ¿En qué momento nos hemos convertido en estos seres constantemente enfadados que no son capaces de solucionar las cosas al margen del dictamen de un juez?

Manuel Hidalgos no expresa en su artículo esta sorpresa que yo sí estoy mostrando, pero es evidente que no está conforme con ello del mismo modo que no lo estoy yo.

lunes, 1 de diciembre de 2014

El deporte une... o debe unir

Estreno blog y lo hago sin alegría, porque hoy la sección de opinión de los periódicos nacionales está de capa caída. Así que yo también lo estoy.
El deporte, una actividad que despierta emociones de todo tipo, nos ha dejado un suceso trágico que, por suerte, puede considerarse aislado. Ya todo el país sabe que un aficionado del Deportivo de la Coruña, perteneciente al sector más radical, falleció el domingo tras una batalla campal entre 'ultras'. Ni ocurren cosas así todos los días ni la violencia existe en los pensamientos de la gran mayoría de los que acuden a los campos españoles a disfrutar de un partido de fútbol, pero no por ello hay que dejar de tener miedo a que esto se convierta en habitual.
Los editoriales de El País, El Mundo, ABC y La Razón se han centrado hoy en este suceso. Se han preguntado muchas cosas y han contestado otras tantas, del mismo modo que han pedido responsabilidades por lo ocurrido, criticando duramente la fría normalidad con la que la sociedad, y las máximas autoridades, han tratado este asunto. Ni es normal ni debe ser permitido, pero a nadie le asombra lo sucedido.
El fútbol siempre ha sido el deporte que más seguidores ha arrastrado. El fútbol, hoy en día, mueve muchas cosas. Mueve sociedades enteras, mueve cantidades escalofriantes de dinero y mueve sentimientos en todos los rincones del mundo. Iniciamos la semana, sin embargo, atendiendo a su lado amargo. Como bien apunta La Razón en su editorial, el fútbol también es el deporte que más violencia genera, antes, durante y después de un partido. ¿Esto es permisible? ¿Y cómo se puede evitar?
El País se muestra contundente en sus críticas a la policía, responsable del mantenimiento del orden ciudadano. Se pregunta, y no entiende, cómo es posible que los encargados de controlar incidentes de este tipo no estuvieran preparados para afrontar algo así cuando el encuentro entre ambas aficiones 'ultras' había sido acordado con anterioridad. El editorial de El Mundo sigue una línea parecida, una linea de desconcierto y cierta indignación ante la incapacidad policial de detener un suceso que, recuerda también, estaba premeditado.
¿Nos hemos acostumbrado a la violencia en los estadios de fútbol y es por eso que ni siquiera la policía ahonda lo suficiente en estos problemas? Eso quiere preguntarse, y nos pregunta, el editorial de El País.
La Razón va más allá en su preocupación, afirmando que la causa directa de que estos hechos se produzcan es la educación que se recibe desde jóvenes. Ir a un partido de fútbol con diez años hoy en día significa empezar a entender que debes apoyar tus colores al mismo tiempo que debes insultar al equipo rival. Mucho y muy duramente. No quiere decir que esos muchachos de diez años acaben siendo todos los radicales violentos a los que tanto aborrece hoy el país, pero muchos de ellos sí toman esas enseñanzas, erróneas, como lecciones de vida.

Ignacio Camacho, a través del ABC, sentenciaba el tema desde el inicio de su columna: “es muy sencillo: o el fútbol acaba con los radicales o los radicales acaban con el fútbol”.
La postura de los periódicos a los que he podido acceder no era muy diferente a aquello y con diferentes enfoques todos se posicionaban de una misma forma: tolerancia cero con estos radicales.

Yo también me posiciono. Estoy de acuerdo con las responsabilidades que hay que pedir por lo sucedido, tal y como insisten El País o El Mundo, porque es necesario actuar de alguna manera ante sucesos de esta índole. Pero me parece aún más necesario concienciar a todo el mundo de que la violencia en el deporte es una de las cosas más atroces que existe y esto es algo que debe comenzar con cada muchacho de diez años que acuda a ver un partido de fútbol. Con cada padre de este muchacho. Y con los propios deportistas, que deben servir de ejemplo.
El deporte une, debe unir, no fraccionar. Mucho menos desembocar en enfrentamientos verbales o físicos. Y si estas actitudes radicales se mantienen, y se extienden, ir a pasar la tarde del domingo a tu estadio de fútbol favorito dejará de ser un acto de disfrute en esta sociedad.