Estreno blog y lo hago sin alegría,
porque hoy la sección de opinión de los periódicos nacionales está
de capa caída. Así que yo también lo estoy.
El deporte, una actividad que despierta
emociones de todo tipo, nos ha dejado un suceso trágico que, por
suerte, puede considerarse aislado. Ya todo el país sabe que un
aficionado del Deportivo de la Coruña, perteneciente al sector más
radical, falleció el domingo tras una batalla campal entre 'ultras'.
Ni ocurren cosas así todos los días ni la violencia existe en los
pensamientos de la gran mayoría de los que acuden a los campos
españoles a disfrutar de un partido de fútbol, pero no por ello hay
que dejar de tener miedo a que esto se convierta en habitual.
Los editoriales de El País, El
Mundo, ABC y La Razón se han centrado hoy en este
suceso. Se han preguntado muchas cosas y han contestado otras tantas,
del mismo modo que han pedido responsabilidades por lo ocurrido,
criticando duramente la fría normalidad con la que la sociedad, y
las máximas autoridades, han tratado este asunto. Ni es normal ni
debe ser permitido, pero a nadie le asombra lo sucedido.
El fútbol siempre ha sido el deporte
que más seguidores ha arrastrado. El fútbol, hoy en día, mueve
muchas cosas. Mueve sociedades enteras, mueve cantidades
escalofriantes de dinero y mueve sentimientos en todos los rincones
del mundo. Iniciamos la semana, sin embargo, atendiendo a su lado
amargo. Como bien apunta La Razón en
su editorial, el fútbol también es el deporte que más violencia
genera, antes, durante y después de un partido. ¿Esto es
permisible? ¿Y cómo se puede evitar?
El País
se muestra contundente en sus críticas a la policía, responsable
del mantenimiento del orden ciudadano. Se pregunta, y no entiende,
cómo es posible que los encargados de controlar incidentes de este
tipo no estuvieran preparados para afrontar algo así cuando el
encuentro entre ambas aficiones 'ultras' había sido acordado con
anterioridad. El editorial de El Mundo sigue
una línea parecida, una linea de desconcierto y cierta indignación
ante la incapacidad policial de detener un suceso que, recuerda
también, estaba premeditado.
¿Nos
hemos acostumbrado a la violencia en los estadios de fútbol y es por
eso que ni siquiera la policía ahonda lo suficiente en estos
problemas? Eso quiere preguntarse, y nos pregunta, el editorial de El
País.
La Razón
va más allá en su preocupación, afirmando que la causa directa de
que estos hechos se produzcan es la educación que se recibe desde
jóvenes. Ir a un partido de fútbol con diez años hoy en día
significa empezar a entender que debes apoyar tus colores al mismo
tiempo que debes insultar al equipo rival. Mucho y muy duramente. No
quiere decir que esos muchachos de diez años acaben siendo todos los radicales violentos a los que tanto aborrece hoy el país, pero
muchos de ellos sí toman esas enseñanzas, erróneas, como lecciones
de vida.
Ignacio Camacho, a
través del ABC,
sentenciaba el tema desde el
inicio de su columna: “es muy sencillo: o el fútbol acaba con los
radicales o los radicales acaban con el fútbol”.
La
postura de los periódicos a los que he podido acceder no era muy
diferente a aquello y con diferentes enfoques todos se posicionaban de una misma forma: tolerancia cero con estos radicales.
Yo
también me posiciono. Estoy de acuerdo con las responsabilidades que
hay que pedir por lo sucedido, tal y como insisten El País
o El Mundo,
porque es necesario actuar de alguna manera ante sucesos de esta
índole. Pero me parece aún más necesario concienciar a todo el
mundo de que la violencia en el deporte es una de las cosas más
atroces que existe y esto es algo que debe comenzar con cada muchacho
de diez años que acuda a ver un partido de fútbol. Con cada padre de
este muchacho. Y con los propios deportistas, que deben servir de
ejemplo.
El
deporte une, debe unir, no fraccionar. Mucho menos desembocar en
enfrentamientos verbales o físicos. Y si estas actitudes radicales
se mantienen, y se extienden, ir a pasar la tarde del domingo a tu
estadio de fútbol favorito dejará de ser un acto de disfrute en
esta sociedad.
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