martes, 20 de enero de 2015

Una peligrosa no-opinión

El Mundo abría hoy con un editorial titulado 'Una peligrosa explicación de las diferencias raciales'. En él, explicaban con cierta amplitud la teoría divulgada por el biólogo estadounidense Nicholas Wade, según la cual es posible que existan determinados genes en el ser humano que determinen aspectos de la inteligencia, entre otras cosas, y que cambien de unas razas humanas a otras. Es decir, que un blanco puede ser más inteligente que un negro sólo porque así lo indican sus genes, por hablar claro. “Por tanto, concluye Wade, entre los grupos humanos existen diferencias en el proceso cognitivo que se deben tanto a la genética como a la evolución social.”, citando las palabras del editorial.

Al margen de lo que opino de esta teoría, me quedo con lo que ha supuesto para mí descubrirla en un editorial de un periódico. Y, sobre todo, lo que ha supuesto no descubrir algo que esperaba encontrar.
Después de una primera lectura y sus correspondientes anotaciones, la sensación que me ha quedado en el cuerpo es que no hay opinión en el escrito. No hay opinión.
El Mundo no muestra su clara opinión ante esta teoría del científico, más allá de calificarla como arriesgada, de decir que puede ser rebatida y de exponer un pequeño ejemplo, de dos líneas, que puede apoyar esto.
Quiero decir: no hay una auténtica opinión. No hay un “¡esto es una locura!”, que es lo que me ha salido a mí del pecho, porque no soy científica pero entiendo que los comportamientos de un blanco o un negro -otra vez hablando sin delicadeza- son comportamientos individuales, en ningún caso dependientes de genes, razas y demás historias que ha querido explicar Nicholas Wade. El editorial, pues, toca un tema que puede considerarse de actualidad, pero me falta esa opinión clara que, creo, debería existir.
¿Y que es lo primero que he pensado de todo esto, entonces? Que El Mundo está en cierto modo de acuerdo con esta teoría. ¡Ojo! No es una afirmación universal ni estoy diciendo palabras que ellos no han dicho: es mi opinión -yo sí me mojo-. La opinión que he extraído al no encontrar una opinión clara. No hay un “¡esto es una locura!”, ni tampoco hay un “¡cuánta razón lleva!”, pero lo que ha provocado en mí es pensar que gritaban, en silencio, lo segundo.

Si este mismo escrito hubiera aparecido en cualquier otra página del periódico, lo hubiera tomado como una simple información, hubiera protestado por la estúpida inteligencia del científico blanco y lo hubiera dejado estar. Pero creo que es peligroso ofrecer una información tan polémica en un apartado de opinión si realmente no estás dispuesto a mostrar la tuya, porque puede incitar a pensar que tienes miedo a mostrarla porque generaría aún más polémica. Y, claro, lo 'normal' es pensar que Wade no lleva razón, apoyarle traería problemas.

¿Autocensura?

domingo, 18 de enero de 2015

Lo que encontramos un sábado por la noche

 Siempre que tengo ocasión, ver LaSexta Noche se convierte en mi primera opción. No estoy muy de acuerdo con la forma en la que, en ocasiones, la tertulia es conducida -por los gritos, las interrupciones incluso los insultos que mencionaba en cierta ocasión-, pero supongo que constituye una buena manera de mantenerse informada de lo que constituye la actualidad. Y porque siempre me han gustado los debates y estar en desacuerdo con todo lo que dicen. Rebatirlo en mi casa y rebatirme a mí misma, incluso.
Por alguna razón, anoche activé mi ojo analítico y me fijé detenidamente en todos los colabores que ocuparon un sillón en el programa. Al margen de las personas que pertenecían a diferentes partidos políticos -PP, PSOE y Podemos concretamente, además de una 'visita' del líder de Ciudadanos, Albert Rivera-, presté especial atención al papel de los periodistas que acuden cada sábado -con contadísimas excepciones- al programa conducido por Iñaki López.
Me di cuenta de dos cosas. La primera, que todos los que estaban presentes eran muy diferentes entre sí. La segunda, que cada uno de ellos tenía un perfil muy marcado y muy definido. No quiero entrar a valorar las ideas políticas que puedan tener, únicamente quiero hacer una especie de estudio del comportamiento de cada uno de ellos.
Por un lado, tenemos a Francisco Marhuenda. El periodista enfadado. No con la realidad en general, con la situación que parece vivir siempre en el programa. Se siente atacado en todo momento -y siente atacadas sus ideas- y protesta casi constantemente porque apenas le ceden el turno de la palabra. ¿El periodista poseedor de victimismo, entonces? También podría ser. Habla la gran mayoría de veces con pausa, como si fuera indiferente a todo lo que está diciendo y a todo lo que pudiera escuchar. Pero está enfadado.
Javier Sardà, el intelectual. Pongo mucho interés en escuchar todo lo que dice pero hay un gran porcentaje de ocasiones en que no consigo entender una sola palabra. Hace poco, un amigo me comentó que se cree que es más inteligente de lo que realmente es. Tras la minuciosa atención con que le observé anoche, no haría del todo mías estas palabras pero podría llegar a estar de acuerdo con ellas. Quiere demostrar su inteligencia siempre, incluso aunque eso implique que nadie le entienda.
Eduardo Inda, probablemente mi favorito dentro de estos perfiles periodísticos participantes en la 'contienda'. El que tiene en la ironía, incluso en la diversión, su mejor arma. Inda parece tomarse todo como un simple juego del que no espera sacar nada, salvo unos cuantos 'enemigos' que no soportan su forma de ser. 'El periodista chulo', también valdría. Es directo y no se corta un pelo.
Anoche, además, eché de menos a Jesús Maraña, quien es capaz de darle unos tintes mucho más formales al programa gracias a la gravedad y la serenidad de su voz -y de lo que dice, claro-. Por seguir con lo dicho hasta ahora, lo catalogaré como 'el periodista serio'.

Podría elaborar un perfil de cada colaborador, pero creo que con lo dicho nos hacemos una idea de lo que busca una tertulia como LaSexta Noche. Pluralidad, podría llamarlo. Diversidad, quizá. Son periodistas muy diferentes entre sí -con ideas, además, muy diferentes entre sí- que consiguen que el programa dé sensación de abarcar todos los puntos de vista simplemente por la forma de tratarlos por parte de los contertulios. Buscan perfiles definidos, que se mantengan programa tras programa y que, en cierto modo, no puedan sorprendernos. Que sepamos lo que podemos esperar de cada uno.
Encuentro en esto puntos positivos, pero también los hay negativos. No me gusta pensar que cada uno de ellos está interpretando un papel definido aunque, poco a poco, se me va haciendo más evidente que siguen una especie de guión 'pactado'. También he hablado de esto con anterioridad, de la sobreactuación y la exageración de los pensamientos y los comportamientos para dar juego a un programa que quieren convertir en una especie de espectáculo informativo. No me gustaría llevar razón en este punto, pero en ocasiones me resulta muy difícil negarlo.

Sea como sea, de momento conmigo les funciona la fórmula. Aunque sea por constituir una simple excusa para discutir conmigo misma sobre esos temas de actualidad que me obligo a seguir.

sábado, 17 de enero de 2015

Bienvenida, pluralidad

La guerra sigue. Puedo pecar de ser repetitiva pero no deja de sorprenderme que una sociedad que parecía tan unida después de los atentados de París empiece a resquebrajarse de esta manera en tan solo una semana. Hemos pasado de ser Charlie Hebdo de manera unánime a querer distanciarnos de la publicación mientras ésta lanza una tirada de más de siete millones de ejemplares. Observo una crisis de identidad importante, ¿somos o no somos Charlie Hebdo? ¿Lo somos dependiendo del día, del lugar y de lo que pase por nuestra cabeza? ¿Dejamos de serlo cuando comprendemos la falta de respeto de la publicación pero volvemos a serlo cuando nos concienciamos de que hay que defender la libertad de expresión, santo y seña de la democracia? Puedes estar de acuerdo con uno, ambos o ningún argumento de los dos anteriores, pero no puedes ser y dejar de ser para pasar a ser lo contrario en apenas unos días.
Y a guerra sigue en los periódicos. En todos ellos. Los columnistas, colaboradores y demás implicados en los diarios no se ponen de acuerdo en quién son o dejan de ser. Los editoriales de los diarios de tirada nacional recitaron poco menos que un canto de alabanza a la libertad de expresión, pero ha dejado de ser una opinión compartida por todos.

La guerra sigue pero ya resulta menos cargante. Ha reaparecido Cataluña en las páginas de opinión, y la guerra contra ésta -o contra Mas y su propuesta soberanista, más bien- también sigue. Parecía olvidada estos días, pero ha vuelto con fuerza y ha colapsado las páginas de opinión de, por ejemplo, El País. Como si de pronto hubieran recordado todos que no sólo son o no Charlie Hebdo, también pueden ser o no detractores de Artur Mas.
También el Partido Popular y su 'Aún queda mucho por hacer' ha copado algún que otro artículo. Lucía Méndez lo analizaba, a mi parecer, acertadamente para El País y ha sido casi un soplo de aire fresco observar algo de 'comidilla nacional' en los diarios, precisamente, nacionales.


Es un alivio que después de tantos días de incipientes bombardeos sobre todo lo sucedido en París -hecho que, evidentemente, merece toda nuestra atención e interés- pueda hallarse de nuevo pluralidad en los medios de comunicación. Entiendo que cuando ocurre un hecho de semejante importancia todo el mundo deba hablar de ello y, además, quiera hablar de ello. Pero que la guerra entre quienes somos o dejamos de ser se detenga un poco es bueno. También va a servir para concedernos un respiro en el que, quizá, podamos encontrar cada uno nuestra definitiva identidad analizando lo sucedido sin prisas, sin presiones y con cierta distancia. Porque, la verdad, mi posición hoy está confundida. Con tanto bombardeo, ya ni yo misma sé quién soy.

viernes, 16 de enero de 2015

La recopilación definitiva

Después de manejar durante días determinados términos, están a punto de perder el significado inicial que tenían para mí. Pero las volveré a repetir, probablemente una última vez, porque al fin he llegado al escrito definitivo.
Una semana después del atentado de Charlie Hebdo, ya no es una, ni dos, sino tres posturas diferentes las que están presentes en los medios de comunicación: soy Charlie Hebdo, no soy Charlie Hebdo, no sé si soy Charlie Hebdo.
La primera, corresponde con los pensamientos de quienes defienden la libertad de expresión por encima de cualquier cosa, independientemente de qué es lo que se pretende expresar aferrándose a esa libertad. La segunda, vale para todos aquellos que son incapaces de defender a la publicación al considerar que ha faltado al respeto a una multitud importante de personas. La tercera, con tintes de las otras dos, puede que esté confundida o puede que no sepa en qué bando situarse al considerar que ambas tienen su parte de razón.
En todos los periódicos, he encontrado ejemplos claros de estas tres posturas, pero es en El País donde me han resultado más transparentes que en ningún otro lado.

Comenzamos con los que son Charlie Hebdo. El escritor Mario Vargas Llosa ha sido un firme defensor del diario francés, de todo lo que representa y de todo lo que no han podido destruir con el atentado, porque hay muchos, como él, que siguen defendiéndolo. “No poder ejercer esa libertad de expresión que significa usar el humor de una manera irreverente y crítica significaría pura y simplemente la desaparición de la libertad de expresión, es decir, de uno de los pilares de lo que es la cultura de la libertad.”, afirma. Mario Vargas Llosa, como todos los que han acudido estos días a las manifestaciones, como todos los que han expresado su apoyo incondicional a través de las redes sociales, como todos los que defienden la libertad de expresión por encima de todo... es Charlie Hebdo.

David Brooks, periodista canadiense, no es Charlie Hebdo. Y habla de hipocresía al asegurar que “independientemente de lo que uno haya publicado en su página de Facebook este viernes, es inexacto que la mayoría de nosotros afirmemos “Je suis Charlie Hebdo” o “Yo soy Charlie Hebdo”. La mayoría de nosotros no practicamos de verdad esa clase de humor deliberadamente ofensivo en la que está especializada ese periódico.” Habría que preguntarse hasta qué punto uno puede considerarse hipócrita por apoyar una publicación que ha sufrido un atentado, aunque no compartas su humor y aunque nunca lo hubieras comprado, o si se trata simplemente de una demostración de apoyo ante quienes están sufriendo una tragedia. Al margen de esto, David Brooks se muestra más duro: “es un buen momento para adoptar una postura menos hipócrita hacia nuestras propias figuras controvertidas, provocadoras y satíricas.” Habla de un respeto necesario para mantener la convivencia entre diferentes culturas y, como él, muchos piensan que lo único que conseguía Charlie Hebdo con sus publicaciones era meter el dedo en la herida más profunda que poseen muchas personas: su religión. ¿Hasta qué punto puede considerarse lícita la libertad de expresión si se utiliza para dañar a otras personas?

Víctor Lapuente Giné no sabe si es Charlie Hebdo, pero propone un modelo conciliador entre las dos posturas anteriores, estableciendo “unos límites perfectos a la libertad de expresión. Unos límites que permitieran la sátira, la mofa, pero que filtraran los desagravios que pudieran directamente incitar a la violencia.” Los que se adhieren a este pensamiento entienden que los anteriores tienen sus razones para pensar como piensan, y debe existir una fórmula que pueda extraer lo mejor de cada uno y transformarlo en un pensamiento beneficioso para todos. Propone, entre otras cosas, unos límites a la libertad de expresión, fundamentados “en los códigos éticos de los profesionales; en este caso, de los periodistas.

Esta podría ser una recopilación definitiva de todos los comentarios, pensamientos, opiniones e ideas que han movido el mundo del periodismo en los últimos días, desde que el atentado de Charlie Hebdo tuvo lugar y convirtió a muchas personas en sus defensores, en sus detractores o en quienes observan, intentando establecer una conclusión que, en realidad, pasa por entender las dos anteriores.






miércoles, 14 de enero de 2015

¿Todos somos Charlie Hebdo?

 No, no todos somos Charlie Hebdo. Esa es la conclusión que se extrae después de seis días leyendo cada periódico de tirada nacional y observando como, poco a poco, los discursos y los comentarios han ido cambiando. Es lógico, por una parte. En caliente, lo primero que nos pedía el cuerpo era sacar nuestras armas -lápices y bolígrafos, que se han convertido en los símbolos de estos días- y reivindicar y luchar y defender a muerte una libertad de expresión que, creíamos, nos habían arrebatado. Lo primero que nos pedía el cuerpo era ponernos al lado de nuestros vecinos franceses, solidarizarnos con ellos, sufrir su tragedia y apoyar a los que días atrás se consideraban héroes -los dibujantes de Charlie Hebdo-, pero que hoy muchos ven como provocadores.
No creo que lo esencial haya cambiado. Al menos, eso es lo que me han dejado ver las páginas de Opinión de los periódicos. Se sigue reivindicando y luchando y defendiendo esa libertad de expresión, pero ya muchos han encontrado un límite a ésta.
Que existe un límite es algo que todos sabemos pero en lo que la mayoría no queríamos pensar días atrás, cuando el cuerpo sólo nos pedía condenar el atentado y los motivos que se utilizaban para intentar justificar éste. Ahora ya sí nos pide establecer un límite a lo que considerábamos sagrado.

Muchas personas no son Charlie Hebdo. Muchas personas no pueden serlo porque no entienden las intenciones de esta publicación satírica ni encuentran gracioso reírse del dios de nadie. Así que no son Charlie Hebdo.
Del mismo modo que no son Charlie Hebdo todos aquellos que aseguran que existe otro problema fundamental, en el que muy pocos ponen el punto de mira, que parte de las provocaciones que nosotros -entendido como 'la cultura occidental'- les mandamos a los otros -'la cultura oriental'.
Los que piensan de esta manera parecen tener claro que la libertad de expresión de cada uno acaba cuando se hiere al que está al lado -o en otra cultura, a kilómetros- y aunque en un principio lo decían en voz baja, como si temieran molestar a los que alzaban el bolígrafo orgullosos de Charlie, ya no callan.
No tienen que hacerlo, en realidad. Ya comentaba hace dos días que es bueno que se susciten otros debates y creo que todos deberíamos darnos cuenta de que ese pensamiento que hemos intentado generalizar, 'todos somos Charlie Hebdo', no es tan general.

Muchos periodistas que defienden la libertad de expresión no defienden al Charlie más mencionado de los últimos tiempos. No son dos conceptos tan contrarios como pueden parecer en un principio. Se atienen a lo que decía antes: la libertad de expresión de cada uno acaba cuando se hiere al que está al lado. Es otra forma de pensar. Ni mejor ni peor.



Acabo dejando este artículo de Leila Guerriero que no he querido comentar porque creo que, simplemente, merece una lectura: http://elpais.com/elpais/2015/01/13/opinion/1421169721_105011.html  

lunes, 12 de enero de 2015

Periodistas "prudentes"

 “Se ha ido cediendo, parcela a parcela, la libertad para evitar la censura o el despido”.
Es una de las frases que firmaba César Vidal en su artículo titulado 'Los esclavos felices', incluido en la primera página de Opinión del periódico La Razón. Tras los atentados de Charlie Hebdo, la palabra libertad se ha mantenido en boca de todos aunque el discurso ha ido variando. Ya no es unánime. Ya no es 'todos somos Charlie Hebdo'.
Mejor. Sí, mejor. Que haya dado lugar a otros debates es beneficioso para todos porque de esa manera podemos contemplar otros puntos de vista, otras posiciones y otras discusiones. Por ejemplo, la que César Vidal nos planteaba.

Los periodistas han concedido mucho a aquellos que quieren arrebatarles -o al menos, mermar- su libertad para expresar sus ideas, y esta libertad, en consecuencia, ha ido disminuyendo. Esa es la tesis de César Vidal, que ha completado con varios ejemplos con los que puedo estar de acuerdo o no, pero que igualmente me han hecho pensar e, incluso, modificar ligeramente el discurso que pregonaba hacía poco menos de veinticuatro horas.
Sigo considerando una necesidad el defender nuestra libertad de expresión, pero ya no sé si es tan nuestra como ayer afirmaba. Ya no sé si nos la hemos ganado tanto, ni sé si debe pertenecer a nosotros como un derecho. ¿Por qué? Porque César Vidal lleva razón en muchas cosas. Hay un número importante de periodistas que ceden a sobornos y presiones para hacerse callar a ellos mismos y algo tan sagrado como es la libertad de expresión, entonces, no les pertenece. No se lo merecen.
¿Es nuestro algo que, en muchas ocasiones, hemos tenido miedo a usar? ¿Realmente tenemos miedo a usarlo?
César Vidal continuaba. Y lo hacía afirmando que algún que otro periodista -sin dar nombres-, tras lo sucedido en Francia, ha asegurado que lo más prudente es la autocensura. Lo más prudente para no morir a manos de un terrorista, lo más prudente para evitar acabar en el paro porque al jefe de turno no le ha gustado tu opinión. También para evitar cuatros insultos por la calle incluso para no tener que soportar que un don nadie te contradiga, ¡lo que tiene uno que aguantar!
Es lo más prudente, dicen. ¿Y es ser periodista? ¿Callar es ser periodista? ¿No contar la verdad, aunque sólo sea tu verdad, es ser periodista? ¿Fallar a tu compromiso con las personas es ser periodista? No hace falta que responda.

César Vidal aseguraba que la autocensura es, realmente, lo más cobarde. Esa es también mi posición de hoy, claro que lo es. Pero más allá de tacharlo como cobarde o valiente, la autocensura voluntaria es no ser periodista.
Decir esta boca es mía es ser periodista porque, como ya he dicho, puedes y quieres hacerlo. Porque tienes ese derecho y porque, tú sí, te lo has ganado.
Diría que después de hacer este acto 'de valentía', por seguir la fórmula del artículo que ha inspirado este escrito mío, las consecuencias deberían quedar en un segundo plano porque uno ha actuado como debe. ¡Pero es que no tendría que haber consecuencias! No, porque la libertad de expresión existe. ¡La hemos reivindicado estos días! ¿O es que sólo existe cuando queremos, cuando nos conviene, cuando es una buena excusa para luchar contra los radicales del Islam?
No, existe. Y hay que defenderla. Aunque ya no tenga tan claro si nos la hemos ganado o no.


domingo, 11 de enero de 2015

Somos Charlie Hebdo

 Escribo esto aún conmovida. Cuatro días después del ataque a la redacción de la publicación francesa Charlie Hebdo, los mensajes de apoyo no han dejado de llegar. Y la férrea defensa de lo que tanto le ha costado al ser humano conseguir, la libertad de expresión, es más fuerte que nunca. Periodistas de todas partes del mundo se han unido para entonar un solo discurso: Je suis Charlie Hebdo. Y también somos libertad de expresión.
El Periodismo parece estar tan unido como lo está la sociedad cuando sucede un hecho de este estilo. Al margen de la evidente condena del atentado, son pocos los periodistas que hoy en día no se han posicionado del lado de la sátira francesa que 'se rió de quien no debía', palabras que he podido escuchar en las calles de Segovia.
Lo importante es que somos Charlie Hebdo. Quizá no todos, y quizá no de la misma manera, pero los periodistas se han unido casi de forma unánime para hablar de esa libertad de expresión que pretenden robarnos y que no van a conseguir. 'No tenemos miedo', ha sido otra de las frases más repetidas. No debe existir el miedo cuando se trata de defender algo que nos hemos ganado y que nos pertenece por derecho.
Los medios se han volcado con el diario francés y todo lo que le concierne, no solo en materia de información. La opinión de nuestros periodistas -y de los periodistas de Nueva York, de Londres o de Berlín-, sus reflexiones, sus pensamientos están más vivos que nunca porque nadie quiere callar. Porque pueden hablar y quieren hacerlo, y quieren reivindicar este derecho que hace ya muchos años ganamos para la humanidad.
Es difícil recopilar el sin fin de artículos, columnas, editoriales y toda clase de escritos que han salido a la luz, orgullosos, para amparar y proteger lo que nos corresponde. Lo que le corresponde al Periodismo y también lo que le corresponde a cualquier persona, independientemente del oficio que ejerza. Es nuestro. Y no nos lo van a quitar.

Hoy, por suerte, parece existir una sola voz: la libertad de expresión no se negocia.


jueves, 8 de enero de 2015

Seguiremos publicando

El atentado cometido en París el miércoles 7 de enero contra Charlie Hebdo y el odioso asesinato de nuestros colegas, feroces defensores del pensamiento libre, no es solo un ataque contra la libertad de prensa y la libertad de opinión. Es además un ataque contra los valores fundamentales de nuestras sociedades democráticas europeas.
Ya en los últimos meses, la libertad de pensar e informar estaba en el punto de mira, con la decapitación de otros periodistas, estadounidenses, europeos o de los países árabes, secuestrados y asesinados a manos de la organización Estado Islámico. El terrorismo, sea cual sea su ideología, rechaza la búsqueda de la verdad y no acepta la independencia de espíritu. El terrorismo islámico, aún más.
Después de negarse a ceder a las amenazas por haber publicado, hace casi 10 años, unas caricaturas de Mahoma, la revista Charlie Hebdo no había cambiado ni un ápice su cultura de la irreverencia. Con el mismo ánimo, nosotros, los periódicos europeos que trabajamos juntos habitualmente dentro del grupo Europa, seguiremos dando vida a los valores de libertad e independencia que son el fundamento de nuestra identidad y que todos compartimos. Continuaremos informando, investigando, entrevistando, editorializando, publicando y dibujando sobre todos los temas que nos parezcan legítimos, en un espíritu de apertura, enriquecimiento intelectual y debate democrático.
Se lo debemos a nuestros lectores. Se lo debemos a la memoria de todos nuestros colegas asesinados. Se lo debemos a Europa. Se lo debemos a la democracia. “Nosotros no somos como ellos”, decía el escritor checoslovaco Vaclav Havel, opositor al totalitarismo que triunfó y se convirtió en presidente. Esa es nuestra fuerza.
Editorial conjunto de los diarios Le Monde, The Guardian, Süddeutsche Zeitung, La Stampa, Gazeta Wyborcza y EL PAÍS.

Hay poco que pueda añadir al editorial que mostraban hoy, seguramente con orgullo, seis de los periódicos más importantes del panorama europeo. Hay poco que pueda añadir a la solemnidad y la emoción con la que expresa el sentir de todos los que, por unas razones o por otras, estamos cerca del precioso mundo del periodismo.

Hay poco que pueda añadir. Pero, igual que ellos, seguiré publicando.

sábado, 3 de enero de 2015

Literatura y opinión

Algunos de los columnistas más aplaudidos hoy en día son también algunos de los escritores más aclamados, como Arturo Pérez-Reverte o Almudena Grandes. Hay quien lo llamaría intrusismo laboral, yo lo llamo aumentar la calidad de un periódico.
No están ahí por casualidad ni están ahí de rebote. Si han sido llamados a colaborar en una publicación diaria es porque ésta sabe de lo beneficioso que puede resultar para un periódico -en términos económicos, desde luego, pero me referiré siempre a ese aumento de calidad.
Saben que nos gustan. Los periódicos saben que al lector le gusta leer estos artículos escritos por rostros más conocidos de lo que suelen ser los periodistas. Probablemente se deba a que cuando nos adentramos en las páginas dedicadas a la Opinión, lo que esperamos es relajarnos de alguna manera. No vamos a llevarnos ningún susto ni tampoco ninguna desilusión porque de eso ya se encargan las páginas correspondientes a los temas nacionales, políticos y económicos. Sólo vamos a leer. Vamos, en cierto modo y como ya he dicho, a relajarnos. Ese objetivo es más fácilmente alcanzable cuando las personas encargadas de provocar esa paz que buscamos se dedican al mundo de la literatura. ¿Por qué? Quizá porque son quienes mejor consiguen plasmar una belleza en lo escrito. Tratar cualquier tema, para un escritor, significa una nueva oportunidad para crear algo bello. He llegado a leer un artículo de Arturo Pérez-Reverte dedicado a la actividad de ir al baño y lo he disfrutado como no creía que podría hacer leyendo algo así. ¿Por qué? Porque sabe como hacerlo. Saben como hacer de algo insignificante algo bello, por eso los reclamamos en los periódicos, nosotros y los directores de los mismos.
Y es evidente que han triunfado, porque siguen estando presentes -me atrevería a decir, incluso, que con más asiduidad. No se van a marchar, así que todos sus detractores pueden ir guardando sus armas porque de poco les va a servir. Estos columnistas gustan.
Para dedicarte al mundo del periodismo -con especial atención en la prensa- es evidente que hay que escribir bien. Y de hecho, los periodistas lo hacen. Escriben bien. Ahora mismo, podría coger un periódico cualquiera, abrirlo por una página cualquiera, señalar una columna de opinión cualquiera y comprobaría lo bien escrita que está. Pero no es lo mismo. El alma -y el don- de un escritor no puede compararse con nada.
Parece incluso que uno ya está predispuesto a disfrutar cuando encuentra un artículo escrito por Antonio Gala. La mentalidad cambia, como si ya estuvieras preparado para que te contase una historia bien narrada. Aunque tenga que ver con el Partido Popular o con Cataluña. Vas a disfrutar, porque en este caso la belleza está, sobre todo, en la forma.

Así que, frente a los críticos, me posiciono al lado de estos escritores que hacen las veces de columnistas. Puede que uno de ellos acabe quitándome el puesto en un periódico pero, la verdad, algo me dice que aún así seguiría leyéndolos.