viernes, 16 de enero de 2015

La recopilación definitiva

Después de manejar durante días determinados términos, están a punto de perder el significado inicial que tenían para mí. Pero las volveré a repetir, probablemente una última vez, porque al fin he llegado al escrito definitivo.
Una semana después del atentado de Charlie Hebdo, ya no es una, ni dos, sino tres posturas diferentes las que están presentes en los medios de comunicación: soy Charlie Hebdo, no soy Charlie Hebdo, no sé si soy Charlie Hebdo.
La primera, corresponde con los pensamientos de quienes defienden la libertad de expresión por encima de cualquier cosa, independientemente de qué es lo que se pretende expresar aferrándose a esa libertad. La segunda, vale para todos aquellos que son incapaces de defender a la publicación al considerar que ha faltado al respeto a una multitud importante de personas. La tercera, con tintes de las otras dos, puede que esté confundida o puede que no sepa en qué bando situarse al considerar que ambas tienen su parte de razón.
En todos los periódicos, he encontrado ejemplos claros de estas tres posturas, pero es en El País donde me han resultado más transparentes que en ningún otro lado.

Comenzamos con los que son Charlie Hebdo. El escritor Mario Vargas Llosa ha sido un firme defensor del diario francés, de todo lo que representa y de todo lo que no han podido destruir con el atentado, porque hay muchos, como él, que siguen defendiéndolo. “No poder ejercer esa libertad de expresión que significa usar el humor de una manera irreverente y crítica significaría pura y simplemente la desaparición de la libertad de expresión, es decir, de uno de los pilares de lo que es la cultura de la libertad.”, afirma. Mario Vargas Llosa, como todos los que han acudido estos días a las manifestaciones, como todos los que han expresado su apoyo incondicional a través de las redes sociales, como todos los que defienden la libertad de expresión por encima de todo... es Charlie Hebdo.

David Brooks, periodista canadiense, no es Charlie Hebdo. Y habla de hipocresía al asegurar que “independientemente de lo que uno haya publicado en su página de Facebook este viernes, es inexacto que la mayoría de nosotros afirmemos “Je suis Charlie Hebdo” o “Yo soy Charlie Hebdo”. La mayoría de nosotros no practicamos de verdad esa clase de humor deliberadamente ofensivo en la que está especializada ese periódico.” Habría que preguntarse hasta qué punto uno puede considerarse hipócrita por apoyar una publicación que ha sufrido un atentado, aunque no compartas su humor y aunque nunca lo hubieras comprado, o si se trata simplemente de una demostración de apoyo ante quienes están sufriendo una tragedia. Al margen de esto, David Brooks se muestra más duro: “es un buen momento para adoptar una postura menos hipócrita hacia nuestras propias figuras controvertidas, provocadoras y satíricas.” Habla de un respeto necesario para mantener la convivencia entre diferentes culturas y, como él, muchos piensan que lo único que conseguía Charlie Hebdo con sus publicaciones era meter el dedo en la herida más profunda que poseen muchas personas: su religión. ¿Hasta qué punto puede considerarse lícita la libertad de expresión si se utiliza para dañar a otras personas?

Víctor Lapuente Giné no sabe si es Charlie Hebdo, pero propone un modelo conciliador entre las dos posturas anteriores, estableciendo “unos límites perfectos a la libertad de expresión. Unos límites que permitieran la sátira, la mofa, pero que filtraran los desagravios que pudieran directamente incitar a la violencia.” Los que se adhieren a este pensamiento entienden que los anteriores tienen sus razones para pensar como piensan, y debe existir una fórmula que pueda extraer lo mejor de cada uno y transformarlo en un pensamiento beneficioso para todos. Propone, entre otras cosas, unos límites a la libertad de expresión, fundamentados “en los códigos éticos de los profesionales; en este caso, de los periodistas.

Esta podría ser una recopilación definitiva de todos los comentarios, pensamientos, opiniones e ideas que han movido el mundo del periodismo en los últimos días, desde que el atentado de Charlie Hebdo tuvo lugar y convirtió a muchas personas en sus defensores, en sus detractores o en quienes observan, intentando establecer una conclusión que, en realidad, pasa por entender las dos anteriores.






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