“Se ha ido cediendo, parcela a parcela, la libertad para evitar
la censura o el despido”.
Es una de las frases que firmaba César Vidal en su artículo
titulado 'Los esclavos felices', incluido en la primera página de
Opinión del periódico La Razón. Tras los atentados de Charlie
Hebdo, la palabra libertad se ha mantenido en boca de todos aunque el
discurso ha ido variando. Ya no es unánime. Ya no es 'todos somos
Charlie Hebdo'.
Mejor. Sí, mejor. Que haya dado lugar a otros debates es beneficioso
para todos porque de esa manera podemos contemplar otros puntos de
vista, otras posiciones y otras discusiones. Por ejemplo, la que
César Vidal nos planteaba.
Los periodistas han concedido mucho a aquellos que quieren
arrebatarles -o al menos, mermar- su libertad para expresar sus
ideas, y esta libertad, en consecuencia, ha ido disminuyendo. Esa es
la tesis de César Vidal, que ha completado con varios ejemplos con
los que puedo estar de acuerdo o no, pero que igualmente me han hecho
pensar e, incluso, modificar ligeramente el discurso que pregonaba
hacía poco menos de veinticuatro horas.
Sigo considerando una necesidad el defender nuestra libertad de
expresión, pero ya no sé si es tan nuestra como ayer afirmaba. Ya
no sé si nos la hemos ganado tanto, ni sé si debe pertenecer a
nosotros como un derecho. ¿Por qué? Porque César Vidal lleva razón
en muchas cosas. Hay un número importante de periodistas que ceden a
sobornos y presiones para hacerse callar a ellos mismos y algo tan
sagrado como es la libertad de expresión, entonces, no les
pertenece. No se lo merecen.
¿Es nuestro algo que, en muchas ocasiones, hemos tenido miedo a
usar? ¿Realmente tenemos miedo a usarlo?
César Vidal continuaba. Y lo hacía afirmando que algún que otro
periodista -sin dar nombres-, tras lo sucedido en Francia, ha
asegurado que lo más prudente es la autocensura. Lo más prudente
para no morir a manos de un terrorista, lo más prudente para evitar
acabar en el paro porque al jefe de turno no le ha gustado tu
opinión. También para evitar cuatros insultos por la calle incluso
para no tener que soportar que un don nadie te contradiga, ¡lo que
tiene uno que aguantar!
Es lo más prudente, dicen. ¿Y es ser periodista? ¿Callar es ser
periodista? ¿No contar la verdad, aunque sólo sea tu verdad, es ser
periodista? ¿Fallar a tu compromiso con las personas es ser
periodista? No hace falta que responda.
César Vidal aseguraba que la autocensura es, realmente, lo más
cobarde. Esa es también mi posición de hoy, claro que lo es. Pero
más allá de tacharlo como cobarde o valiente, la autocensura
voluntaria es no ser periodista.
Decir esta boca es mía es ser periodista porque, como ya he dicho,
puedes y quieres hacerlo. Porque tienes ese derecho y porque, tú sí,
te lo has ganado.
Diría que después de hacer este acto 'de valentía', por seguir la
fórmula del artículo que ha inspirado este escrito mío, las
consecuencias deberían quedar en un segundo plano porque uno ha
actuado como debe. ¡Pero es que no tendría que haber consecuencias!
No, porque la libertad de expresión existe. ¡La hemos reivindicado
estos días! ¿O es que sólo existe cuando queremos, cuando nos
conviene, cuando es una buena excusa para luchar contra los radicales
del Islam?
No, existe. Y hay que defenderla. Aunque ya no tenga tan claro si nos
la hemos ganado o no.
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