No, no todos somos Charlie Hebdo. Esa es la conclusión que se extrae
después de seis días leyendo cada periódico de tirada nacional y
observando como, poco a poco, los discursos y los comentarios han ido
cambiando. Es lógico, por una parte. En caliente, lo primero que nos
pedía el cuerpo era sacar nuestras armas -lápices y bolígrafos,
que se han convertido en los símbolos de estos días- y reivindicar
y luchar y defender a muerte una libertad de expresión que,
creíamos, nos habían arrebatado. Lo primero que nos pedía el
cuerpo era ponernos al lado de nuestros vecinos franceses,
solidarizarnos con ellos, sufrir su tragedia y apoyar a los que días
atrás se consideraban héroes -los dibujantes de Charlie Hebdo-,
pero que hoy muchos ven como provocadores.
No creo que lo esencial haya cambiado. Al menos, eso es lo que me han
dejado ver las páginas de Opinión de los periódicos. Se sigue
reivindicando y luchando y defendiendo esa libertad de expresión,
pero ya muchos han encontrado un límite a ésta.
Que existe un límite es algo que todos sabemos pero en lo que la
mayoría no queríamos pensar días atrás, cuando el cuerpo sólo
nos pedía condenar el atentado y los motivos que se utilizaban para
intentar justificar éste. Ahora ya sí nos pide establecer un límite
a lo que considerábamos sagrado.
Muchas personas no son Charlie Hebdo. Muchas personas no pueden serlo
porque no entienden las intenciones de esta publicación satírica ni
encuentran gracioso reírse del dios de nadie. Así que no son
Charlie Hebdo.
Del mismo modo que no son Charlie Hebdo todos aquellos que aseguran
que existe otro problema fundamental, en el que muy pocos ponen el
punto de mira, que parte de las provocaciones que nosotros -entendido
como 'la cultura occidental'- les mandamos a los otros -'la cultura
oriental'.
Los que piensan de esta manera parecen tener claro que la libertad de
expresión de cada uno acaba cuando se hiere al que está al lado -o
en otra cultura, a kilómetros- y aunque en un principio lo decían
en voz baja, como si temieran molestar a los que alzaban el bolígrafo
orgullosos de Charlie, ya no callan.
No tienen que hacerlo, en realidad. Ya comentaba hace dos días que
es bueno que se susciten otros debates y creo que todos deberíamos
darnos cuenta de que ese pensamiento que hemos intentado generalizar,
'todos somos Charlie Hebdo', no es tan general.
Muchos periodistas que defienden la libertad de expresión no
defienden al Charlie más mencionado de los últimos tiempos. No son
dos conceptos tan contrarios como pueden parecer en un principio. Se
atienen a lo que decía antes: la libertad de expresión de cada uno
acaba cuando se hiere al que está al lado. Es otra forma de pensar.
Ni mejor ni peor.
Acabo dejando este artículo de Leila Guerriero que no he querido comentar porque creo
que, simplemente, merece una lectura: http://elpais.com/elpais/2015/01/13/opinion/1421169721_105011.html
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